Históricas: Los enanos del pueblo subterráneo

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No se conoce si era en la zona de «El Diamante», «Valle Hermoso», «El Sosneado» o «Malargue», donde existía una ciudad subterránea jamás descubierta.
Los incas y, en mayor número, los araucanos, al galope de sus caballos estaban seguros que sus cabalgaduras marchaban sobre una superficie hueca, cuya entrada, jamás en sus vida lograron descubrir.
Vivían bajo tierra las «Salli-Sallis», es decir hormigas negras, que para premiarlas por su laboriosidad, su Dios, Inti, las transformó en hombres tan pequeños que la altura del cerco que circundaba la población no superaba el medio metro de altura.
Formaron estas diminutas criaturas un pueblo de pastores y agricultores, cuyo íntimo deseo lo constituía la paz. Por eso mantenían un absoluto aislamiento, pues hubiera sido un drama ser contaminados por las costumbres avasalladoras y egoístas de los Araucanos e Incas, cuyas voces escuchaban desde muy abajo, en sus frecuentes búsquedas, que -como se dijo- resultaban desde muy abajo, en sus frecuentes búsquedas, infructuosas.
Bien sabían los enanos que aquellas incursiones eran debidas a la codicia y la matanza.
Abundaba el oro en sus subterráneas viviendas, pero sólo lo utilizaban para fabricar balines, pues al ser el metal más pesado, resultaba más eficaz para la caza. Por otra parte, desconocían por entero su valor.
El escenario de estos personajes de leyenda se situaba –según algunos- en el «Valle Hermoso» o en las sierras de «Las Choicas».
Superior era la inteligencia de aquellos seres tan industriosos como metódicos y ordenados. Admirablemente organizados desconocían la ambición y el egoísmo, y eran sus costumbres tan sencillas y sabias que tenían resueltos todos los problemas del capital y el trabajo.
No había entre ellos ricos ni pobres, y mucho menos luchas de clases.
Era un misterio saber donde apacentaban el ganado, ni de que lugar se defendían arrojando con sus hondas a los invasores preciosos balines de oro.
Las ardorosas disputas y luchas de los enemigos, fomentaron odios y pasiones.
El espíritu invasor no concebía sino riña o muerte, aunque debe reconocerse su amor a la libertad y a la tierra donde vieron la luz.
Cuentan que en una ocasión, un príncipe inca, a fin de evitar estériles guerras, ordenó el avance hasta el último reducto de los diminutos enanos. Imposible fue saber como tuvo lugar el hallazgo de aquella ciudad subterránea, donde fueron clausuradas sus posibles entradas con un cerco de piedras verticales que por su altura no pudieron salvar sus habitantes.
Privados de sus jamás descubiertas salidas al «Valle Hermoso», su fuente de aprovisionamiento, de un maravilloso verdor y riquísimo en hierbas alimenticias se marchitó. Murieron casi todos los enanos, y algunos alcanzaron los secretos valles cordilleranos, no sin antes haber cerrado todas las entradas de su remota y amada ciudad.
La región se transformó con los años, y la heroica leyenda perduró por siglos, como la tristeza y el recuerdo de sus pobladores.
* Publicado en el suplemento “Historias, Personajes y Leyendas de San Rafael”, de SEMANARIO DEPARTAMENTAL.

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